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ARTÍCULO ORIGINAL

Reflexiones teóricas y metodológicas en torno al estudio y conceptualización de la identidad

(Theoretical and methodological reflections on the research and conceptualization of identity)

Fernando Pablo Landini*

*  Facultad de Psicología - Universidad de Buenos Aires - Universidad de la Cuenca del Plata / Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET) / Instituto de Investigaciones Científicas - Universidad de la Cuenca del Plata - Córdoba 1541 - Posadas - CP 3300 - Argentina. Correo Electrónico: landini_fer@hotmail.com

RESUMEN

            La identidad constituye uno de los temas de indagación de mayor interés para las ciencias sociales contemporáneas. Así, teniendo en cuenta las diferencias en torno a su conceptualización, en este artículo se abordan y precisan algunos núcleos temáticos fundamentales, clarificando sus implicaciones metodológicas. Al mismo tiempo, se generan algunas contribuciones originales apoyadas en un estudio de caso realizado en el noreste de la Argentina sobre la identidad de los integrantes de una comunidad campesina.
            Se subrayan, como conclusiones destacadas, la necesidad de pensar la identidad a partir de la activación contextual de diferentes dimensiones del sí mismo, la importancia de estudiar los procesos de apropiación y resistencia frente a identidades estigmatizadas propuestas externamente y el valor de analizar las motivaciones pragmáticas de las autocomprensiones por medio de las cuales los sujetos se presentan ante los otros en la vida cotidiana.

Palabras Clave: Identidad, Pragmática, Psicología, Sí Mismo.

ABSTRACT

            The identity is one of the topics of most interest to contemporary social sciences. Thus, taking into account the disagreements related to its conceptualization, this article addresses some key topics and clarifies its methodological implications. Simultaneously, some original contributions, supported by a case study performed in the northeast of Argentina on peasants’ identity, are developed.
            This paper highlights, as conclusions of this study, that the self of the people have many dimensions which are contextually activated, that it is crucial to investigate the processes of appropriation and resistance to stigmatized identities externally proposed, and that the people’s self-presentations in everyday life have pragmatic motivations that should be studied and taken into account.

Key Words: Identity, Pragmatics, Psychology, Self.

INTRODUCCIÓN

            La identidad, así como el modo en que ésta se construye, se ha convertido en la actualidad en uno de los temas centrales de reflexión y debate de las ciencias sociales (Engelken, 2005; Pereira, 2002). Es que la identidad de las personas, es decir, el modo en que éstas se comprenden y describen a sí mismas, es un elemento clave para acceder al entramado de sentidos con que los sujetos organizan, representan y significan al mundo en el que viven y a aquellos que forman parte de él. En efecto, se trata del lugar desde el que las personas se posicionan individual o colectivamente para interpretar y dar sentido a los acontecimientos de la vida y a las experiencias cotidianas.
            Dada la importancia social y científica de la cuestión, no resulta extraño que la misma haya sido trabajada de distintas maneras y desde diferentes enfoques (Fierro, 1996), sin que pueda hablarse de un modo único de conceptualización y abordaje. Esta diversidad, que muestra la pluralidad teórica que existe en las ciencias sociales, también puede resultar desalentadora cuando se procura desarrollar un entramado conceptual firme que permita sostener estudios empíricos orientados a reconstruir el modo en que se autocomprende un grupo social determinado. Igualmente, a nivel de metodología de la investigación, esta complejidad se mantiene y aún se refuerza, ya que la dificultad asociada a la definición de cualquier estrategia investigativa se suma a que las implicaciones metodológicas de distintas afirmaciones conceptuales no parecen resultar del todo claras o, al menos, no parecen haber sido suficientemente explicitadas y sistematizadas. Así, se concluye que resulta relevante, por un lado, contar con mayor precisión conceptual en relación a la noción de identidad y, por el otro, clarificar las implicaciones metodológicas de ciertos supuestos teóricos clave.
            Descripto este panorama, en el presente trabajo se establece como objetivo desarrollar un entramado teórico plural en torno al concepto de identidad, analizando las implicaciones de ciertos elementos clave para el diseño de propuestas de investigación. Para alcanzar este fin se presentan los resultados de un trabajo crítico de revisión bibliográfica. Asimismo, a los fines de enriquecer el proceso reflexivo e ilustrar afirmaciones clave, se incluyen aprendizajes surgidos de una investigación exploratorio-descriptiva realizada en la provincia de Formosa, Argentina, que incorporó entre sus objetivos el estudio la identidad campesina (Landini, 2012). La investigación fue cualitativa e incluyó la toma de entrevistas semi-estructuradas a 71 campesinos y a otros 11 actores sociales (extensionistas rurales, líderes comunitarios y productores medianos consolidados). Las entrevistas fueron complementadas con observación etnográfica. Entre los años 2003 y 2007 se convivió casi seis meses con una familia campesina de la comunidad. Las entrevistas fueron realizadas entre los años 2005 y 2007. Para el análisis de la información recolectada, las entrevistas y los registros de observación etnográfica fueron transcriptos y analizados utilizando los principios de la teoría fundamentada (Leite et al., 2012), creándose categorías de análisis que se fueron precisando y desarrollando durante los trabajos de campo sucesivos.

DESARROLLO

CONCEPTO Y ENFOQUES EN TORNO A LA IDENTIDAD

            La identidad constituye un tema de gran importancia para las ciencias sociales contemporáneas en torno al cual existen numerosas diferencias y controversias. Por esta razón, procurar construir una definición precisa y acabada no resulta una tarea sencilla. De todas maneras, pese a esta diversidad, y con el objetivo de ordenar el análisis que sigue, parece posible partir de considerar operativamente a la identidad como el conjunto de cualidades, características o representaciones por medio de las cuales un sujeto individual o colectivo se describe, comprende y reconoce a sí mismo o se diferencia de los otros.
            Procurando organizar esta diversidad teórica, puede proponerse tentativamente la existencia de tres grandes enfoques que han abordado la temática de la identidad. El primero se vincula con la tradición del construccionismo social y analiza las identidades individuales y colectivas como formas narrativas/discursivas de comprensión del sí mismo que se desarrollan en el diálogo y la interacción entre las personas (Amigot Leache, 2007; Engelken, 2005; Revilla, 2003; Sandoval Álvarez, 2000) y dan sentido a la experiencia de los actores (Castells, 2004). El segundo enfoque, por su parte, surge de la tradición conductista/cognitivista y focaliza en los comportamientos, representaciones y procesos psíquicos autorreferidos (Fierro, 1996), apoyándose especialmente en la noción de autoconcepto, entendido como el conjunto de conocimientos que tienen las personas sobre sí mismas (Páez et al., 2004). Finalmente, también puede hacerse referencia a un tercer enfoque influenciado por el psicoanálisis, el cual utiliza la noción de ‘subjetividad’ para problematizar el concepto de identidad procurando dar cuenta tanto de las diferencias entre los sujetos (Prado Filho y Martins, 2007) como de la relación entre el poder y la construcción y homogeneización de las subjetividades (Peixoto Junior, 2004).

FRAGMENTACIÓN, UNIDAD Y ACTIVACIÓN CONTEXTUAL DE LAS IDENTIDADES

            Ahora bien, más allá de las importantes diferencias teóricas que existen en torno a la conceptualización de la identidad, parece existir hoy un fuerte acuerdo en torno a la imposibilidad de concebirla como una esencia personal o social independiente de los procesos históricos, sociales e interpersonales. Criticando versiones débiles de la posición esencialista, ciertos autores construccionistas propusieron la fragmentación y disolución de la identidad en una multiplicidad de experiencias, relaciones y juegos de intertextualidad (Engelken, 2005; Guidano, 1982 [citado en Nascimbene, 2000]; Revilla, 2003). Sin embargo, diversos desarrollos parecen pendular hoy hacia una posición que reconoce una relativa unidad en esta diversidad, particularmente a partir de la experiencia fenomenológica del cuerpo (la corporeidad), de la unidad de las narraciones autocomprensivas y del nombre propio (Engelken, 2005; Revilla, 2003). De cualquier manera, el reconocimiento de esta (precaria) unidad no debe oscurecer el hecho de que los individuos (y aun los actores colectivos) pueden tener una pluralidad de identidades (Castells, 2004) aun contradictorias entre sí (Bolaños Gordillo, 2007), dado que las personas se comprenden a sí mismas a partir de múltiples narraciones (Fierro, 1996) y de diversas pertenencias e inserciones (Pereira, 2002).
            Ahora bien, si los sujetos poseen en realidad una pluralidad de identidades, es razonable entonces sostener que éstas pueden activarse o ser destacadas en ciertas situaciones y no en otras. Como señala Pereira (2002), dadas múltiples pertenencias sociales, es posible pensar que los sujetos tenderán a actuar de modo diverso de acuerdo al contexto. En la misma línea Páez et al. (2004) sostienen que “la activación de los aspectos de nuestro auto-concepto […] se realizará diferencialmente en función del contexto en el que nos hallemos” (p. 136). Igualmente, Tajfel (1969, citado en Abrams, 1999) señala que las personas tienden a identificarse y a construir comparaciones a partir de las categorías que se destacan en contextos determinados, siguiéndose de esto que las referencias identificatorias variarán de una situación a otra. Finalmente, Marco y Ramírez (1998, citados en De la Torre Molina, 2001) sostienen que no sólo se trata de que distintos aspectos de la identidad se activan en diferentes contextos, sino que las mismas identidades que asumen los sujetos en la interacción pueden ir variando en su transcurso:

La identidad es flexible y cambiante en función de la situación histórica y el contexto en el que se produzcan los actos de identificación […] hemos podido observar cómo los mismos hablantes pueden ir cambiando de posición en función de los argumentos o las perspectivas que vayan apareciendo en el transcurso del debate y de la forma más o menos tajante que se adopte (p. 191).

            Dos son las implicaciones que se siguen de estos desarrollos. En primer lugar, no resulta apropiado abordar la identidad de una persona o de los integrantes de un grupo social como si ésta fuera una esencia independiente de la historia de las personas y de los vínculos e interacciones sociales que existen entre ellas. Por el contrario, resulta indispensable tener en cuenta que la identidad surge de un proceso social e histórico.
            En segundo lugar, dado que los sujetos individuales y colectivos poseer múltiples identidades que pueden activarse diferencialmente según los contextos, entonces cualquier estrategia metodológica sólida debe procurar tanto recuperar esta diversidad como identificar y comprender las razones por las cuales ciertos contextos particulares tienden a vincularse preferentemente con determinadas facetas del sí mismo. Y esto, asumiendo que estas múltiples identidades pueden llegar incluso a ser contradictorias o disonantes entre sí.
            En la investigación realizada en Formosa en torno a la identidad campesina (Landini, 2012) se comprobó que los pequeños productores tendían a comprenderse a sí mismos de diferentes maneras. En concreto, se observó que, por un lado, se describían como personas con conocimientos productivos sólidos y con capacidad para enfrentar las duras condiciones de vida del campo; y, por el otro, como sujetos pobres que no tenían suficientes recursos y capacidades para salir adelante de manera independiente, por lo que necesitaban ayuda pública. Así, se observa una contradicción o, al menos, una clara disonancia entre ambas perspectivas. Por su parte, si bien la vinculación entre estas autocomprensiones y sus contextos de activación puede no resultar clara, no por ello pierde relevancia. En el caso estudiado, se concluyó que la actividad productiva en la chacra y la huerta inducía a destacar la capacidad y la fortaleza del campesino, mientras que la reflexión en torno a los procesos de comercialización hacía notar a estos pequeños productores sus escasos recursos económicos y de poder cuando se vinculaban con actores más poderosos como intermediarios y compradores.
            Finalmente, una tercera conclusión surgida del estudio de caso. Concretamente, se trata del hecho de que las diferentes formas de autocomprensión que poseen los sujetos tienden a articularse entre sí, conformando núcleos o conjuntos de contenidos identitarios que poseen o asumen un conjunto de premisas comunes. Volviendo al estudio realizado, se observó que, por ejemplo, autodescripciones como ser personas capaces y conocedoras de la vida rural tendía a relacionarse con otras vinculadas con la fortaleza del campesino para sobreponerse a las duras condiciones de vida del campo, dado que ambas se articulaban con un mismo núcleo de sentido que describía al campesino positivamente a partir de sus capacidades y fortalezas.

IDENTIDAD, PODER Y RESISTENCIA

            Como se ha señalado, la identidad no es algo que viene dado, sino que es el resultado de un proceso histórico. Es así que a la identidad se la construye, no se la descubre. Y esto, en dos sentidos, uno macro y uno microsocial. A nivel macrosocial, las personas configuran su identidad internalizando el universo simbólico de la sociedad a la que pertenecen (Bolaños Gordillo, 2007; Dimitrievna Okolova, 2007; Martins, 2004), el cual funciona como matriz o apriori histórico que marca las condiciones de posibilidad de todo relato identitario (Amigot Leache, 2007). Y como la internalización del universo simbólico de la sociedad tenderá a generar subjetividades acordes con el status quo al reproducir el orden social vigente frente a otros posibles, resultará difícil pensar las identidades sin tener en cuenta sus connotaciones políticas (Sandoval Álvarez. 2000). Sin embargo, esto no significa en modo alguno que ellas se encuentren totalmente determinadas por las relaciones de poder, ya que se trata de procesos dialécticos complejos que incluyen la posibilidad de resistencia y transformación (Amigot Leache, 2007).
            Por otra parte, a nivel microsocial las identidades (en tanto formas de comprensión del sí mismo) se construyen y reconstruyen permanentemente en el diálogo, la interacción y la negociación entre las personas (Duveen y Lloyd, 2003; Pereira, 2002). En este sentido, se observa que no sólo importan las comprensiones o atribuciones generadas por el propio sujeto o grupo social sobre sí mismo, sino también aquellas que sostienen quienes interactúan con ellos (De la Torre Molina, 2001; Engelken, 2005; Gravano, 2003). Es que resulta necesario para el ser humano que su propia identidad sea validada, aceptada, reconocida y, aun, compartida por los otros, para cobrar realidad objetiva frente a sí mismo (Cardoso, 2000; Cinnirella, 1998; Nascimbene, 2000). En definitiva, “la identidad sólo se puede mantener en la medida en que es apoyada por los otros interactuantes, que son los que han de validar esa pretensión identitaria” (Revilla, 2003, p. 62). Y esto, no sólo en las comunicaciones en las cuales las identidades y las definiciones de sí mismo se ponen explícitamente en juego, sino en todas las interacciones ya que, como señalaran Watzlawick et al. (1971), toda comunicación posee un nivel de relación donde se negocian las definiciones de sí mismos de quienes interactúan.
            Este proceso constructivo de las identidades a partir del interjuego de atribuciones internas y externas, parece tener una serie de particularidades cuando se trata de grupos sociales desfavorecidos o minorías que son estigmatizadas o desvalorizadas. Como señala Burr (1999) “las identidades están en pugna. Todos estamos en el proceso de reclamar y resistir las identidades que se nos ofrecen […] y, cuando vemos los márgenes de la sociedad, vemos estas luchas con mayor claridad.” (p. 13). Imagínese en este caso, por un lado, un grupo social que desea y procura generar para sí mismo una identidad valorada; y, por el otro, la sociedad (o a un grupo mayoritario de ésta) que le propone una identidad estigmatizada, rechazada o desvalorizada. En tal situación, se generarán procesos conflictivos tanto de apropiación como de resistencia a las identidades estigmatizadas que se proponen: “cuando las representaciones de los otros sobre nosotros son negativas, cuando tal vez nos posicionan como peligrosos, desviados y ‘otros’, encontramos estrategias para resistir y rechazar esas representaciones y así proteger nuestro sentido de nosotros mismos” (Howarth, 2006, p. 78). En este proceso, si se termina aceptando la identidad externa negativa, esto llevará a la pérdida de la autoestima y de la valía propia (Cardoso, 2000). Como lo señala Freire (1970): “la auto-desvalorización es otra característica de los oprimidos. Resulta de la introyección que ellos hacen de la visión que de ellos tienen los opresores. De tanto oír de sí mismos que son incapaces […] terminan por convencerse de su ‘incapacidad’” (p. 64). Es por esto que la mayoría de los autores han encontrado una menor autoestima en estos grupos (Páez et al. 2004; Palomar Lever y Lanzagorta Piñol, 2005; Tajfel, 1984), sin que esto tenga que suceder por fuerza en todos los casos (Undurraga y Avendaño, 1997).
            Sin embargo, la aceptación de la identidad estigmatizada no es la única alternativa, ya que los sujetos pueden intentar oponerse a ella, como ha sido analizado en distintos estudios de caso (Guareschi et al., 2003; Jelin y Vila, 1987; Vasilachis de Gialdino, 2003; Vidal Pollarolo, 2002). En ellos, se observa que las personas pueden resistirse a estas identidades a partir de diversas estrategias, entre las que pueden mencionarse: separar la identidad personal de la social y diferenciar al interior del grupo desfavorecido entre aquellos que merecen y no merecen la caracterización negativa. De todas formas, la aceptación o resistencia no deben entenderse como absolutos, ya que es posible encontrar un continuo complejo de casos con configuraciones particulares que articulan ambos polos.
            Siguiendo estos desarrollos conceptuales cabe señalar la importancia de que el estudio empírico de las identidades no sólo tome en cuenta la representación que los sujetos tienen sobre sí mismos sino también aquellas presentaciones que la sociedad o que otros actores que forman parte de su cotidianeidad tienen de ellos. Así, las distintas formas de autocomprensión podrán ser colocadas en un contexto más amplio que ayudará a asignarles un sentido más profundo. Incluso, resulta de interés poder atender a la dinámica de la asignación externa de identidades desvalorizadas y a las distintas estrategias utilizadas por las personas para procurar rechazarlas, ya que en muchos contextos este proceso puede tener una importancia fundamental.
            En el estudio de caso de la identidad campesina referido previamente (Landini, 2012) fue interesante observar la importancia que tenía el binomio trabajador-perezoso el cual era utilizado por casi todos los entrevistados, fueran campesinos o no, para describir a los pequeños productores. Ciertamente, se trata de un componente identitario que se ubica en un lugar central de la autocomprensión campesina, ya sea porque le es asignada externamente la categoría de ‘perezoso’ como porque, defendiendo su propia valía, el pequeño productor tiende a describirse insistentemente como extremadamente trabajador.
            Por otra parte, resulta interesante señalar que es la asignación externa de descripciones negativas sobre sí mismo y sobre el propio grupo social lo que puede ayudar, en muchos casos, a comprender la existencia tanto de elementos contradictorios como negativos en las identidades. En efecto, se observa que en algunos casos, pese a comprenderse como sujetos conocedores del campo y del trabajo agrícola, los campesinos también se describen como personas sin conocimiento, educación y cultura, posiblemente a causa del descrédito en que se encuentra el saber campesino a los ojos de la ciencia y de la sociedad urbana.

IDENTIDAD COMO CONTRASTE

            El proceso de construcción de identidades no sólo refiere a la formación de un sí mismo sino que también involucra diferenciarse de los otros y, aun, contraponerse a ellos (Bolaños Gordillo, 2007; Sandoval Álvarez, 2000). En efecto, “no es posible construir la propia identidad al margen de la identidad del ‘otro’” (Vila et al., 1998, p. 5). Interesante es aquí mencionar el estudio de caso de Gravano (2003) sobre la identidad barrial, la cual sólo adquiere significado para los sujetos si se la describe en contraposición a la ‘impersonalidad’ de la ciudad. O el trabajo de Martín-Baró (1998), quien comenta que la identidad nacional del nativo de El Salvador aparece en franca contraposición con las características utilizadas para describir a sus vecinos hondureños. En esta línea, Cardoso (2000) propone el concepto de ‘identidad contrastiva’, haciendo referencia a aquellos procesos en los cuales las identidades se construyen y articulan a través de contraposiciones o antinomias.
            De estas afirmaciones se sigue que, para abordar la identidad de un grupo social, no sólo se requiere estudiar como éste se describe a sí mismo sino cómo se contrapone con otros. En este sentido, el concepto de ‘identidad contrastiva’ resulta de gran utilidad.

COSMOVISIONES E IDENTIDADES

            La relación entre los modos de comprender el mundo y las identidades (en tanto formas de comprenderse a sí mismos) no parece haber recibido gran atención. Hay autores que han planteado que la identidad (o el autoconcepto) funciona como un lente a partir del cual se interpreta la realidad (Bolaños Gordillo, 2007), como una variable que organiza y da significado a las experiencias (Harter, 1999 citado en Carrillo Luna, 2001) o como una fuente de distorsiones al servicio de una mayor valoración de uno mismo (Fierro, 1996). De esta forma, la identidad queda definida como un marco de interpretación que modula la comprensión de las experiencias y de la realidad. Sin embargo, lo opuesto también parece resultar cierto. Es decir, que la forma de comprensión del mundo y de los otros sea la que induzca representaciones de sí derivadas de la posición que ocupa el sujeto en su contexto social y en su red de relaciones. Asumiendo ambas líneas argumentales y siguiendo a Engelken (2005), puede considerarse que se trata de un proceso dialéctico en el cual la representación de sí induce ciertos modos de comprender el mundo a la vez que estos últimos favorecen ciertas formas de concebir al sí mismo.
            De esto se sigue que la identidad no sólo podrá ser encontrada en las autodescripciones de los sujetos sino también en sus representaciones del mundo. Más específicamente, en el lugar que estas representaciones los ubican. Por ejemplo, en el estudio realizado sobre el campesinado (Landini, 2012) pudo observarse que estos productores describen los procesos de comercialización de sus cultivos agrícolas en términos de abusos y expropiaciones de parte acopiadores e intermediarios. Así pudo concluirse que los campesinos se comprenden a sí mismos como ‘abusados y expropiados’. Pero no porque ellos se describan de esta manera sino por el hecho de que en su comprensión del mundo el campesino queda ubicado en ese lugar.

UNA MIRADA PRAGMÁTICA DE LA IDENTIDAD

            Generalmente, cuando se piensa en la identidad se la tiende a entender en términos de la identificación y descripción tanto de las representaciones con las que las personas y los grupos se comprenden a sí mismos como de los afectos asociados. Así, queda visibilizado el qué de la identidad, pasando a segundo plano su para qué, es decir, su motivación pragmática. Son dos las líneas conceptuales que nos permiten pensar la dimensión pragmática de la identidad. La primera es la teoría de la identidad social, que pone a la identidad en relación con la búsqueda de una autoestima positiva. Por su parte, la segunda refiere a un grupo de reflexiones focalizadas en la pragmática de la comunicación y en la presentación del sí mismo en la vida cotidiana.
            La teoría de la identidad social (Tajfel, 1984) es un desarrollo de gran interés para el estudio de las identidades. Esta teoría focaliza en el hecho de que las personas se identifican con las características particulares de los grupos, ocupaciones o categorías sociales a las cuales pertenecen (Bolaños Gordillo, 2007; Vidal Pollarolo, 2002). Tajfel define a la identidad social como “aquella parte del autoconcepto de un individuo que deriva del conocimiento de su pertenencia a un grupo (o grupos) social junto con el significado valorativo y emocional asociado a dicha pertenencia” (1984, p. 292).
            Uno de los principales postulados de esta teoría es que las personas procuran conseguir y conservar una imagen positiva de sí mismas (Tajfel, 1984). Interesante este afirmación porque permite corrernos del contenido de las identidades para focalizar en su para qué. En esta línea de pensamiento, las personas procurarán apropiarse de determinadas identidades sociales por la contribución positiva que ellas pueden hacer a su autoestima. Así resulta claro que los individuos buscarán clasificarse de modos que les permitan desarrollar una identidad positiva (De la Torre Molina y Marrero, 2001) a la vez que tenderán a valorar más a los integrantes del endogrupo frente a los del exogrupo (Páez, 2004), como forma de incrementar su propia valía.
            Como señala Tajfel (1984), para mantener una identidad social positiva, las personas intentarán incorporarse y permanecer en grupos que hacen una contribución positiva a su identidad. En ocasión de pertenecer a grupos desvalorizados por sus pares o por otros actores sociales prestigiosos, los sujetos tendrán dos alternativas generales. La primera se da en situaciones donde la frontera que divide los grupos permite el pasaje de uno a otro y, por tanto, admite la búsqueda de la movilidad social como opción individual. Sin embargo, cuando tal alternativa fuera difícil o imposible, se desarrollarán opciones que involucran al grupo en su totalidad. Entre ellas cabe mencionar: 1) la explicación de las características o aspectos negativos asociados al grupo social al que se pertenece de tal forma que se hagan aceptables (por ejemplo justificándolos por razones externas); 2) la reinterpretación de ellos como positivos; 3) la creación de nuevas características grupales positivamente valoradas; y 4) el inicio de una acción orientada a un cambio que transforme los aspectos negativos de pertenecer al propio grupo social. Por su parte, Páez et al. (2004) destacan una quinta alternativa para mantener una identidad positiva pese a pertenecer a grupos sociales desfavorecidos, vía el 5) predominio de las comparaciones intragrupales (que resultan más ventajosas) en lugar de las intergrupales (las cuales tienden a ser desfavorables).
            Pensando los desarrollos de la teoría de la identidad social desde la perspectiva de sus implicaciones para la investigación de las identidades, pueden realizarse una serie de reflexiones. El comentario más directo se relaciona con la importancia de pensar las autocomprensiones con las que se describen los sujetos desde la perspectiva de su contribución al mantenimiento de una autoestima positiva. En este sentido, podrá observarse la existencia de una tendencia a apropiarse de aquellas categorías que fortalezcan la autoestima, debiéndose analizar con mayor profundidad aquellos contenidos de la identidad que parezcan sugerir una representación de sí negativa, para evaluar tanto su origen como si realmente impactan negativamente en la identidad de los sujetos. Después, dado que los individuos suelen llevan adelante una serie de acciones para mantener una identidad positiva, en cualquier estudio de caso será de interés poder identificar estas estrategias y describir sus especificidades.
            Para ejemplificar, puede señalarse que los campesinos de la localidad de Misión Tacaaglé tienden a describir a los pequeños productores agropecuarios como personas esforzadas y trabajadoras, contenido que favorece una autoestima positiva (Landini, 2012). Lo interesante del caso es que los argumentos que se dan para sostener esta representación, en numerosas oportunidades, contrastan o, al menos, plantean en exceso lo que fue observado durante la permanencia en la comunidad. En efecto, existe una tendencia a describir al trabajo rural como una labor ‘de sol a sol’, cuando en realidad la descripción de actividades diarias y el carácter estacional del trabajo de campo no permiten sostener la conclusión con la fuerza que los entrevistados pretenden. No obstante, conociendo la existencia de la voluntad de mantener una identidad positiva, se entiende el sentido pragmático que cobra en este contexto la sobrecomunicación de la dureza del trabajo campesino. Por otra parte, también pudieron ser identificadas estrategias como la tendencia a realizar comparaciones intragrupales o la reinterpretación de características negativas como positivas, como cuando se afirma que el campesino, si bien es pobre, por eso mismo es una persona más honrada y confiable, a diferencia de quienes tienen más dinero.
            Existe una segunda línea de reflexión que lleva a pensar en las motivaciones pragmáticas de las identidades, en este caso no ya en relación al mantenimiento de una autoestima positiva sino a las implicaciones prácticas que pueden tener ciertos modos de presentación del sí mismo frente a los otros. En Teoría de la Comunicación Humana, Watzlawick et al. (1971) subdividen el estudio de la comunicación en sintáctica, semántica y pragmática, destacando el interés de esta última, a la que comprenden en términos de “los efectos de la comunicación sobre la conducta” (p. 24). Ahora bien, si las definiciones de sí mismo y de los otros, que son parte constitutiva de toda comunicación, afectan las conductas de los interlocutores, entonces es razonable que los sujetos anticipen los efectos de sus propias definiciones de sí mismos y las modulen de acuerdo a los efectos que desean obtener.
            Auyero (1997, 2001) describe cómo ciertas dirigentes políticas de un determinado partido político de la Argentina cuidan de manera minuciosa las impresiones que generan en su audiencia, presentándose a sí mismas como símiles de la mítica figura de Eva Perón a partir de estrategias comunicativas específicas destinadas a la vez a destacar ciertos hechos y temas y a ocultar o esconder otros. Como señala Goffman (1971), cuando una persona está jugando un papel, el “actuante tiende a encubrir o dar menor importancia a aquellas actividades, hechos y motivos incompatibles con una versión idealizada de sí mismo y de sus obras” (p. 59). En este sentido, resulta evidente que “los individuos adoptan identidades sociales concretas para lograr objetivos específicos” (Duveen y Lloyd, 2003, p. 38) los cuales pueden ser múltiples, desde ser aceptados por los otros en las relaciones sociales (Bolaños Gordillo. 2007), pasando por dar sentido a la narración de la propia historia (Castanheira, 1999) hasta discutir y rechazar identidades estigmatizadas (Howarth, 2006). En definitiva, como señala Vasilachis de Gialdino (2003), “la presentación de la imagen de sí realizada por el entrevistado se vincula con […] la motivación de su acción comunicativa” (p. 249).
            Ahora bien, asumir que el modo en que los sujetos se presentan a sí mismos puede estar modulado por motivos pragmáticos no significa sostener que se trata de autopresentaciones manipuladas o falseadas voluntariamente. En este sentido, Robin (1995) sostiene que plantear las presentaciones de sí desde la dicotomía verdad o ficción, no parece ser una forma adecuada de encarar el problema. Por su parte, Auyero (2001) sostiene, para su estudio de caso, que “los referentes o mediadores [políticos] […] no son agentes cínicos ni meros maximizadores de utilidad: están absorbidos en un juego en el que creen decididamente” (p. 157). Se trata de la misma opinión sostenida por Goffman (1971), como se observa en la siguiente cita: “hay que tener en cuenta que existen muchos individuos que creen sinceramente que la definición de la situación que acostumbran proyectar es la realidad real” (p. 81). Es cierto que pueden existir presentaciones que podrían ser calificadas como ‘falsas’ a causa de que el propio actuante no deposita su confianza en ellas. Pero, en todo caso, la objeción a su ‘verdad’ no se originaría en que estuvieran motivadas pragmáticamente sino en la voluntad malintencionada del hablante que busca mostrarse de un modo en que no se comprende a sí mismo.
            Resumiendo, se sostiene que la presentación de las personas ante los otros suele estar modulada por el impacto que se busca generar en ellas y en uno mismo, sin que esto signifique presentar una imagen que se considera falsa. Así, dado que estas autodescripciones suelen ser veraces para quienes las comunican, se sigue que ellas forman parte de la identidad de las personas, pudiendo hacerse referencia a esta faceta del sí mismo como la dimensión pragmática de la identidad.
            Durante el estudio de la identidad campesina en la provincia de Formosa, se observó que en las entrevistas había un conjunto de autodescripciones en torno a la pobreza, la necesidad y el sufrimiento del campesino que se repetían, induciendo lástima y deseo de ayudar por parte del entrevistador (Landini, 2012). Procurando analizar esta situación, se hizo patente que los campesinos consideraban al investigador, al igual que a los políticos locales, como potenciales proveedor de recursos. Así, cobraba un sentido pragmático claro el describir e incluso sobreactuar la situación de pobreza y necesidad en la que se encuentra el campesino, ya que esto maximizaba las probabilidades de recibir ayuda por parte de los interlocutores.
            Visto lo anterior podría pensarse que, en este caso, los campesinos están representando concientemente un rol que no sienten que los identifique. Sin embargo, como se señaló, en este tipo de situaciones no suele existir una voluntad explícita de generar una imagen irreal. Por el contrario, pareciera que, dado el contexto interpersonal de las entrevistas, la imagen de ‘riqueza’ asociada al entrevistador hubiera inducido la activación situacional de las dimensiones de la identidad del campesino vinculadas tanto con la situación de pobreza como con la necesidad de ayuda, lo que llevaba a destacar algunos elementos de la propia autocomprensión y a dejar de lado otros, como aquellos vinculados con la idea de independencia. De esta manera, no habría voluntad de falseamiento sino deseo de presentar ante los otros aquello que resultaba más saliente dada la naturaleza de la situación.
            En relación a esta segunda línea de reflexión vinculada con la dimensión pragmática de las identidades, cabe señalar la importancia de tener conciencia de que el modo en que se presentan las personas puede tener motivaciones específicas, como lo es obtener distinto tipo de beneficios. Además, dado que usualmente se trata de dimensiones del sí mismo que se activan en relación a contextos determinados y no de autodescripciones simuladas, ellas deben ser consideradas como parte de la identidad de los sujetos, por lo que también cabe echar luz tanto a su intencionalidad como a los contextos en los que estos aspectos se hacen salientes. Finalmente, se destaca la importancia de reconstruir la representación que los sujetos tienen de quien conduce las entrevistas o de quien se supone que será el destinatario de la información recolectada, ya que los modos de presentación estarán vinculados de manera constitutiva con la representación de los interlocutores.

IDENTIDADES, POSICIONAMIENTOS Y ACTITUDES

            Un tema que no suele ser mencionado en la bibliografía pero que ha resultado de gran importancia cuando se estudió la subjetividad campesina (Landini, 2012) es la relación entre la identidad y las actitudes. Es que se observó que ciertas formas de autocomprensión inducían actitudes y posicionamientos pasivos y otras, activos. Concretamente, la representación de sí mismos como personas trabajadoras, esforzadas e independientes tendía a favorecer que los campesinos se reconocieran en control de su realidad y propusieran acciones para progresar socialmente, mientras que la percepción de ser pobres y necesitados de ayuda los llevaba a pensar que no podían cambiar solos sus destinos, evitando generar iniciativas orientadas a ese fin. Se observa entonces que la activación de distintas dimensiones del sí mismo en contextos particulares puede inducir diferentes actitudes o posicionamientos.
            A nivel de la práctica investigativa, de esto se sigue que no sólo resultará de interés identificar la relación entre ciertos contextos y la activación de diferentes dimensiones del sí mismo, sino que también será valioso poder estudiar y reflexionar sobre las actitudes, disposiciones o posicionamientos que las distintas facetas de la identidad tienden a favorecer. Y esto, no sólo por su importancia a nivel científico, sino también por sus potenciales implicaciones sociales, particularmente en cuanto al diseño y ejecución de políticas públicas de asistencia y promoción. En concreto, en Formosa se observó que ciertas situaciones, como por ejemplo el vínculo entre campesinos y actores considerados potenciales proveedores de asistencia, favorecían que éstos pequeños productores se describieran a sí mismos como pobres y necesitados de ayuda, lo que los llevaba a posicionarse pasivamente. Así, quedaban oscurecidas ciertas actitudes dinámicas requeridas por proyectos de extensión rural y de promoción del campesinado, vinculadas con otras dimensiones del sí mismo. De esta forma, se observa el interés que puede tener una mejor comprensión de estos procesos para el diseño de políticas públicas.

IDENTIDAD, TERRITORIO Y ENTORNO MATERIAL

            La identidad no sólo hace referencia al modo en que comprenden a sí mismos los sujetos sino que también incluye la experiencia concreta y cotidiana de sentirse uno mismo en la vida que se lleva y en el entorno en el que se habita. Es en este sentido que diversos autores han destacado el rol que juegan en la construcción de las identidades personales y sociales el trabajo y la ocupación (Tolfo y Piccini, 2007), los objetos materiales de la experiencia cotidiana (Doménech et al., 2003) y los ambientes y los entornos físicos (Valera, 1997).
            Pensando en la identidad campesina, llamó la atención que en diversas oportunidades los pequeños productores entrevistados comentaban que no se sentían cómodos al estar en la ciudad, incluso en el pueblo (Landini, 2012). Se sentían oprimidos por los espacios cerrados, por la falta de lugar, por lo extraño de la vida. Y la palabra que usaban para expresar esto era ‘hallarse’. Ellos no se ‘hallaban’ en la ciudad. Es decir, no se encontraban a sí mismos, se sentían ajenos al lugar, al espacio, al entorno. No eran ellos estando allí, lo que significa que parte de lo que eran, parte de lo que se sentían ser, estaba vinculado con lo rural y con la vida del campo. Como señalan Gullifer y Thompson (2006), la tierra y el trabajo rural son parte constitutiva de la identidad de los productores rurales. Así, estudiar la identidad de un grupo social no sólo implica describir cómo sus integrantes se autocomprenden, sino que también involucra identificar los espacios, relaciones, situaciones y actividades en las cuales los sujetos perciben que su sí mismo está en consonancia con su vida.

REFLEXIONES FINALES

            En el presente artículo se abordó la temática de la identidad, profundizando en diferentes aspectos conceptuales y metodológicos. Entre ellos pueden destacarse algunos de particular interés, tanto por su importancia como por ser propuestas que implican cierto grado de originalidad. En primer lugar cabe señalar el valor de pensar la identidad en términos de una multiplicidad de dimensiones que tienden a activarse o a ser destacadas en ciertos contextos específicos, sin que esto lleve a generar una imagen de ella excesivamente fragmentada. Asimismo, la dinámica conflictiva de apropiación y resistencia frente a identidades negativas o estigmatizadas asignadas externamente constituye un proceso de particular relevancia en numerosos contextos, lo que sugiere brindarle la atención necesaria. Por su parte, el concepto de identidad contrastiva propuesto por Cardoso (2000) puede resultar de gran utilidad para leer procesos en los cuales el contraste y la diferenciación funcionan como estrategias relevantes en la construcción del sí mismo.
            Igualmente, también resulta de interés destacar la propuesta de identificar el modo en que los sujetos se autocomprenden no sólo a partir de los discursos referidos al sí mismo sino también a partir del lugar en que los individuos quedan ubicados por sus propias representaciones del mundo. Por su parte, el concepto de identidad pragmática propuesto en este trabajo también debe ser resaltado, ya que da visibilidad a un área poco atendida que hace referencia no al qué sino al para qué de ciertas formas de describirse y presentarse frente a los otros. En este sentido, la representación que los sujetos o grupos sociales en estudio tienen del investigador-entrevistador pasa a ocupar un lugar central al ser éste el ‘otro’ frente al cual los individuos se presentarán atendiendo a sus propias motivaciones pragmáticas. Finalmente, también cabe resaltar que las distintas dimensiones del sí mismo pueden vincularse con diferentes actitudes y posicionamientos personales, lo que abre la posibilidad para pensar estrategias de intervención social que favorezcan la activación de aquellos elementos de la identidad que ayuden a las personas a reconocer su capacidad para controlar sus propias vidas.
            Para finalizar se presentan dos reflexiones que surgen de la lectura global del trabajo. En primer lugar, parecen ser tres las áreas a partir de las cuales puede pensarse metodológicamente el estudio de la identidad de los integrantes de un grupo social. La primera es la identidad social, organizada a partir de la pertenencia de los sujetos a ciertos grupos o categorías sociales y su oposición con otras categorías y grupos que se les contraponen. La segunda es la identidad personal, la cual puede estudiarse a partir de la caracterización del sí mismo y de comparaciones con miembros del endogrupo, no de exogrupos. Finalmente, la tercera sería la identidad que se deriva del lugar en que las propias representaciones del mundo colocan a los sujetos y a los grupos sociales a los que éstos pertenecen.
            Por su parte, también parecen ser tres las áreas en las cuales pueden dividirse las dimensiones o características por medio de las cuales las personas se comprenden a sí mismas. La identidad positiva, vinculada con las autocomprensiones que favorecen una autoestima positiva; la identidad pragmática, asociada a las presentaciones de sí mismo en las cuales el impacto en las conductas y actitudes de los otros juega un papel fundamental; y la identidad negativa, surgida a partir de la apropiación de elementos negativos asignados externamente.
            Para concluir resta mencionar que, luego del recorrido realizado, queda claro que la noción de identidad es particularmente compleja y amplia, por lo que es indudable que el trabajo realizado ha tenido, por fuerza, que dejar temáticas de lado, lo que invita a seguir profundizando. No obstante, es probable que lo dicho pueda favorecer la discusión y el debate en torno a estas cuestiones, lo que representa de por sí una contribución valiosa.

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